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Hacia una poética existencial del Pity Álvarez

por Agustín Vaccaneo

Un viaje, cierre y apertura

Ayer fui con mi novia y una pareja de amigos al segundo recital del Pity Alvarez. Primero lo habíamos visto en Córdoba, y ahora lo veíamos en Rosario. Podría hacer una crónica de todas las emociones que me provocó ver al Pity en concierto una vez más, después de pensar que nunca lo iba a ver: Intoxicados y Viejas Locas me marcaron desde la preadolescencia. Pero no importa. Lo importante es que entiendan que hablo desde un lugar de analista pero también de fan: peco un poco del mal del fan que cree saber quién es el ídolo que lo acompañó en distintas etapas de su vida, precisamente porque uno creció viendo crecer al músico, en este caso. 

Volvamos al hoy. Tocó el Pity una vez más. Repongamos el contexto en el que ocurre: es el segundo recital después de Córdoba (ya lo dije), el primero después de que el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 29 de la Ciudad de Buenos Aires ponga fecha y plazo concreto para juicio, a tratarse durante agosto y septiembre. Luego también de que el Pity anunciara una gira por toda Argentina, con fecha final para un recital en CABA. En los hechos, anunció una nueva fecha en Mendoza. Va anunciando las fechas una por una, paso a paso, con cautela. 

Este recital es además el primer concierto donde toca “Lejos de ser”, el tema de la polémica: ¿Quién está lejos de ser? ¿El Pity? ¿Y quién es el Pity? Ya en 2006, en pleno desborde, Tognetti en una entrevista le pregunta al Pity «— Ya todos sabemos quién es el Pity, ¿y quién es Cristian?» El Pity lo mira y le dice:— ¿Vos sabés quién es el Pity?

Pareciera que en la canción, lo que está lejos de ser es la lucha por la jerarquía, la ambición de poder. Lo denunciado anteriormente, desde un punto de vista más clasista y combativo en Lo Artesanal (“pagan muy caro por una mujer / y luego ríen de la sociedad) ahora lo plantea desde un lugar más ontológico, existencial. El que no es, muere. “El poronga del pabellón” vence sobre un otro al que mata, así como el presidente es muerto por esa lejanía. Y el cura es muerto por la espalda. En este nuevo renacer tras el confuso episodio de asesinato y muerte, el Pity pareciera encontrar en el cristianismo un lenguaje simbólico que permite expresar sus nuevas inquietudes existenciales. Un detalle: en el recital de ayer, antes de la aparición del Pity, el padre César, conocido como el cura rockero, bendijo el escenario. 

De religiones y dioses

Es fácil encontrar líneas que permitan ahondar en la mente de Cristian. En una reciente entrevista radial, Pity afirmó “no saber qué pasó ese día”. “No soy yo ese, no sé que pasó». La pregunta respecto del ser aparece clara, constante, reiterada. Los huecos existenciales aparecen y se desplazan en debates psiquiatricos, forences y hospitalarios. Detrás, la pregunta ontológica tiene cada vez más potencia en un artista que mira hacia la luz y las estrellas.

 Sí antes del asesinato Pity inquiría, consecuencia de la pasta base, “lo más bajo” y los peores habítos, sobre sí mismo, sobre la existencia y el ser, ahora la pregunta aparece desde un lugar madurado, alejado del objeto.

Porque antes el Pity hablaba desde el vacío dejado por la droga dura, desde la hondura del silencio del adicto, desde la corrosión del cuerpo atado al veneno y provocaba lo que en la misma entrevista denominó “vacaciones terrenales” a los momentos de afectación de la pasta base. Ahora su mirada es distinta: apunta a los mismos territorios, pero de distinto modo.

El foco del Pity va a la cárcel, lugar al que no quiere ir porque a él, dixit él, lo mataría, y también va al gobierno de extrema derecha de Javier Milei al cual denuncia de no ocuparse del pueblo y no querer que este progrese: «Porque ese tipo quiere solo poder/Y no tiene ganas de hacer/Que la gente progrese/Y él lo sabe bien», en sus propias palabras. No solo él no está involucrado en el plural de “quieren”, sino que él mismo es ese presidente, como se ve en el videoclip. Esta actuación, es decir, la investidura del rol de presidente, aleja al Pity de la escena: no solo él no es quién tiene deseo de matar, sino  que él es -en una de sus máscaras- el propio presidente. Él es víctima y victimario, un profeta de una religión inventada sobre el dios Sol.

Sol que ayer fue omnipresente. En las pantallas puestas a los costados del show, el sol ascendía y descendía: sobre las pirámides de Egipto, en las montañas, en el río. El sol asomando y descendiendo, el Dios encontrando su lugar en el escenario, en la vida del Pity. 

Quizás ahí esté la clave de la poética, en el sol. En su Dios. 

 Sus esquemas parecen marcados por la afectación del abismo, de la calle en toda su crudeza, como si el presente trajese una distancia madura, distante, de músico que fue y volvió, y que está acá para contarlo. “Pudo ser él o yo”, decía Cristian, la noche trágica. La inmensidad del yo al que alude resuena en su cada tema, y en cada show marcado por una huella gigante, como si quisiera dejar bien en claro su identidad. 

Este soy yo. Acá estoy yo.