Este miércoles 3 de junio se cumplieron 11 años del primer NI UNA MENOS. Por aquel entonces, la consigna irrumpía en las calles, en las casas, en las conversaciones con amigues. En muchos casos, nos llevaba puestas. Fue un grito urgente que nos permitió, de a poco, poner en palabras realidades que nos ocurrían todos los días pero que nos estaban vedadas nombrar. Así, muchas de nosotras -ojalá algún día todas- empezamos a discutir ideas, gestos y desigualdades que durante demasiado tiempo habíamos normalizado. Aprendimos a denunciar, a escucharnos más, a creer en nosotras.
El Observatorio de las Violencias de género “Ahora Que Sí Nos Ven”, en colaboración con la Universidad Nacional del Delta, presentó un informe que da cuenta de lo siguiente: Entre el 3 de junio del 2015 y el 24 de mayo del 2026 se registraron al menos 3205 casos de víctimas letales de violencia de género: 3144 femicidios directos y vinculados, 46 transfemicidios y travesticidios y 15 instigaciones al suicidio. A estas víctimas, se les suman Dulce y Agostina.
Esto significa que en los últimos 11 años hubo 1 femicidio cada 31 horas. Es decir que cada 31 horas, un hombre se convirtió en femicida.
Así es como el NI UNA MENOS pasó a formar parte de nuestra cotidianeidad. Nos permite ver el mundo de otra manera, sí. Pero también nos acompaña a donde vayamos porque nos siguen matando. En lo que va del año, tenemos 105 mujeres asesinadas a causa de la violencia machista.
Sin embargo, muchos de ustedes, varones, siguen preguntándose qué carajo tienen que ver con todo esto. Porque cuando nosotras decimos que nos siguen matando, muchos de ustedes piensan que hablamos de un monstruo, un enfermo, un violento. Que hablamos solo del asesino, de alguien distinto con el que no tienen nada que ver.
Pero el problema nunca fue solamente ese hombre, porque nadie se convierte en femicida en soledad. Son también las redes que lo sostienen, los silencios, las complicidades. Las justificaciones: tu viejo le pegaba algunos gritos a tu mamá y un par de veces la zamarreó, pero claro era otra época. En algún momento, algún amigo tuyo le dijo a su novia que era una puta, pero porque estaba caliente, si él es un divino. Y el otro que le pide que le mande todo el tiempo la ubicación, porque quiere cuidarla. Y el chistecito con tus compañeros de trabajo es eso, un chiste. Ustedes siempre joden con “que tu vieja”, “tu hermana”, pero para hacerlo calentar al otro, nada más.
Todo eso que puede parecerles inofensivo muestra que la violencia no aparece con el asesinato, se construye de a poco a partir de prácticas que aprendimos a naturalizar. Hasta que se convierte en algo imposible de ignorar y, muchas veces, ya es demasiado tarde.
Y sí, los que matan mujeres son hombres. Los que abusan y violan, también. La inmensa mayoría de quienes ejercen violencia física y psicológica sobre mujeres, disidencias, niñeces y otros hombres, también son ustedes. Pero también son ustedes quienes tienen la posibilidad de romper esas alianzas, de incomodarse, de revisar privilegios. Si vos sos un amor y tus amigos unos copados, no podemos felicitarte. Pero ya que creciste con una cabeza medianamente sana, aprovechá las herramientas que tenés para intervenir, para hablar, para denunciar. Porque este problema no les queda lejos. No ocurre en otra familia, en otro barrio ni entre otros hombres. Ocurre en la misma sociedad que habitamos todos los días. Y mientras nos sigan matando, la pregunta ya no es qué tienen que ver ustedes con esto. La pregunta es qué están dispuestos a hacer con eso que ya saben.
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